Artículos/Opinión

La maldición de la cara B.

Hay un tema sobre el que he estado reflexionando estos días. Uno de esos problemas que nos amargan la vida en el primer mundo: de casi todos los discos que he comprado últimamente, y hablando sobretodo de Lp’s, me he dado cuenta que me gusta más la cara b que la a. Intensa cuestión, ¿verdad? Siendo este un blog de Punk, asumo que nadie estaba esperando la enésima disertación para coseguir la paz mundial o cómo acabar con el hambre en el mundo. Para lecturas más profundas sobre el alma humana esta la colección completa de obras de Dostoievski, u otros blogs de poesía amateur diseminados sin mucho éxito por el Internet. Ya. Otros dirán que podría estar decidiendo donde voy a pasar el próximo día 20 para estar lo más alejado posible de cualquier prisma rectangular de metacrilato, también llamado urna, que pueda, pero es que yo me abstraigo con facilidad y esas dudas me pasan fácilmente desapercibidas. Me gusta más buscar explicaciones a enigmas de interés capital para una selecta minoría, como este: ¿Cómo eligen hoy las bandas el orden de los temas de sus discos para presentarlos a su audiencia?¿Tiene algún tipo de relevancia ese orden para que la percepción sobre el disco del potencial oyente sea mejor o peor? Antes de buscar respuestas, veamos que nos cuenta la Historia.

La cara b es siempre denostada. Es siempre sinónimo de falta de calidad, de poca valía en comparación con su opuesta: la prestigiosa cara a. Cuando hablamos de bandas “clásicas”, por decirlo finamente, las caras b de los singles no obtienen la menor atención por parte del público, salvo cuando se reune en recopilatorios, junto a “rarezas” descartadas de sesiones de grabación poco fructíferas, con el fin de sacar unos cuartos extras a coleccionistas y fanáticos completistas. Ejemplos de esto podría ser, en el tema que nos ocupa, el Black Market Clash, de los Joe Strummer’s Boys, editado en 1980 para satisfacer a su público norteamericano con temas que no llegaron a ver la luz allí. También el Extras de The Jam, de Abril de 1992, repleto de esas famosas (y en esta ocasión, algunas realmente imprescindibles) caras b y otros temas inéditos. Habrá muchos más, qué duda cabe, pero como no es el tema central de este artículo, dejamos que nuestros lectores especializados dejen sus aportaciones en la sección de comentarios.

 

 

Pero esta actitud de desprecio por lo que viene “detrás” no fue siempre así. La historia acerca de cómo empezó y el motivo de este poco reivindicado apartheid musical viene claramente explicado (¿cómo no?) en la ciberenciclopedia más famosa de todos los tiempos. Por resumíroslo un poco, desde finales de los años ’40 se empezaron a comercializar singles con un tema por cara asignados de manera casual, no siendo ninguno de los dos considerado como inferior al otro. Podían sonar indistintamente en las jukebox más atrevidas, y ambos entrar a formar parte de las listas de éxitos más canallas y comerciales. Veinte años, a finales de los ’60, tardarían los ávidos ejecutivos de las discográficas en caer en la cuenta de que era más rentable usar la cara a para meter el hit que debía ser publicitado por las emisoras de radio punteras, y en lugar de meter otro tema ganador, incluir bien una remezcla de la primera cara, bien una grabación en acústico, bien una canción de inferior nivel que no sería aprovechable para el Lp. O lo que se conoce como rareza, un tema que no encaja con la línea musical del resto. Esto era así porque en aquellos momentos el mercado era totalmente copado por singles de 45”, claro, pero esto fue cambiando con los años al popularizarse los 10″ y 12″ en los que por algo más de dinero obtenías más cantidad de “producto” y las diferencias entre temas no resultaban tan evidentes. A pesar de los años algo ha quedado en nuestro subconsciente y lo clasificado como cara b aún arrastra el sambenito que empuja a no afrontar esa cara con la misma disposición.

Mi gran pregunta es si las bandas discuten el mejor orden para sus composiciones en cada uno de sus trabajos editados. Preferiblemente en Lp’s que tienen más contenido, porque para los Ep’s imagino que es más una cuestión de espacio y duraciones. Hace años con motivo de la edición del recopilatorio “No Queremos Vuestras Playas” recuerdo que si consulté algunas históricas compilaciones de Punk patrio como el “¿Punk, que Punk?” o el “Spaniards Punk Ole” para tratar de descifrar algún código en el orden de las canciones que llevase a la satisfacción total de los futuros oyentes. No llegamos al paranoico extremo de puntuar las canciones del 1 al 10 y trazar una curva, pero si que le dedicamos un rato de atención. No mencionaré como tomamos las decisiones finales relativas al orden de los temas del NQVP para no crear suspicacias (seguro que todo el mundo esta mordiéndose las uñas en su casa esperando una respuesta, lo se), aunque la verdad es que siendo un recopilatorio todas las canciones eran hits. O casi.

Llamadme obsesivo pero no creo que sea un asunto que deba dejarse al azar o a la desidia. Son demasiadas variables a tener en cuenta ¿Es más eficaz poner los hits al principio o irles alternando con temas más planos?¿O quizá usarlos para empezar y terminar, con el fin de equilibrar la percepción de que el disco esta a la altura esperada? Depende de lo que uno considere por el termino eficacia, pero contando con que el objetivo es que el disco guste a quién lo escuche, para mi lo que más cabal (si se puede aplicar ese adjetivo a este tema) sería empezar y terminar la cara a con temas que impacten, y terminar la cara b con lo mismo. Dejar lo más flojo para la mitad de la cara a y el comienzo y mitad de la cara b. Empezar con fuerza y terminar ambas caras con algo que te deje con ganas de seguir dando vueltas y vueltas al disco hasta que tengas algo de vida o muerte que hacer, o tus progenitores te digan que la cena esta servida, es algo que tiene bastante sentido para mi.

Otra duda: ¿hay que empezar con esas canciones más aceleradas, las que rebosan energía, o es mejor dejarlas para el final para dejar a la gente con el corazón en la boca y ganas de más, más y más…?¿O meterlas en el medio, para que nadie se duerma y esté a la expectativa ante lo que va a llegar? No necesariamente las canciones más rápidas tienen que ser hits, no nos confundamos. Sin embargo esos cortes veloces transmiten desde los oidos al cerebro la sensación de angustia que llevan tu atención hasta tu aparato reproductor (de discos, pervertido). ¿Dónde colocar una versión en el caso de que la hubiera? Suelen colocarse en la cara b, entiendo que por considerarse un extra añadido al trabajo propio, pero si esta demostrado que las versiones son la sal de muchos conciertos, ¿Por qué no darle el privilegio de estar entre el selecto grupo de la cara a? Al final supongo que también es una cuestión de subjetividad porque las mismas canciones no son “las buenas” para todo el mundo. Pero estamos de acuerdo que un hit es un hit, ¿no?¿Y cuantos de ellos hay en un disco de doce o quince temas? Si éstos escasean en tu repertorio ¿En que punto lo colocarías exactamente?¿Podrías argumentarlo? Ni el mismísimo Sheldon Cooper creo que pudiera hacerlo.

Lo más probable es que nadie en su sano juicio le conceda más de tres minutos a este tema. Y menos esa juventud extraviada ante sus pantallas que solo lee pixels, ultrapixels y archipixels (ja ja ja, que bueno es sonar a viejo) Como os habréis dado cuenta a estas alturas del artículo, soy un poco adicto a las discusiones estúpidas y al buscar explicaciones para todo. No creo que sea recomendable tener una banda conmigo, no ya por el hecho de que sea un inutil funcional sin el menor oído, si no porque puedo ser muy cansino con temas de tan alta complejidad. Hoy me he ocupado de la música. El arte de los discos ya, si eso, lo dejo para otro día.

Por otra parte, para que estas reflexiones tuvieran sentido tendría que darse el caso, cada día menos habitual, de que la gente escuche discos físicos en vinilo (o hasta casettes, por eso de que tienen cara a y b) y no solo que oiga la música por Internet (o en Cd’s de mierda), que va toda del tirón. Y llegado a ese insospechado punto, que se tomara su tiempo para escuchar con atención el producto, sin prisas y con un ánimo optimista. No mientras admiras las alucinantes novedades de tu perfil en las multiples redes sociales a las que perteneces, ni mientras te preparas la merienda o te acicalas para una cita de la que posiblemente tampoco salgas satisfecho. No. Debe hacerse tumbado en la cama excrutando cuidadosamente la carpeta y la hoja interior con la información pertinente, si la hubiera.

¿Quién sabe? En estos tiempos convulsos que vivimos, quizá sea el momento de reivindicar el respeto a la cara b como el motor de cambio necesario para una revolución en la industria de la música.

El Lehendakari.

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