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Ni estado, ni listillos, ni monaguillos

Alguien que se hace llamar EB, nos hace llegar un sensato y posiblemente polémico artículo en el que analiza y opina sobre el panorama en el que se encuentra un grupo de punk si tiene intención de tocar y salir adelante en nuestra amada y odiada capital del reino de la mierda. Desde 1 Minuto de Gloria suscribimos todo lo escrito y nos sumamos a su indignación.

Nos ponen difícil currar, el acceso a los estudios superiores (cuyo título sirve para poco más que para limpiarte el culo) cada vez está más vetado económicamente y, en cuanto a la cultura… ya puedes olvidarte del Estado si es que pretendías conseguir alguna ayuda. El ocio es una gran vía de escape cuando el resto de tu vida está vacía: música, cine, lectura… pero, en este sentido, la cosa también está chunga, amigo, y si eres joven (si no, también), estás jodido. “¡Pero eso es lo de menos!”; “¡¡No les necesitamos!!”, coreamos, a la par, muchos de nosotros al comprobar que se grababa con el 21% de IVA todo aquello que se reduce, intrínsecamente, a deleitarnos, agitarnos, alegrarnos o entristecernos a placer, tanto durante el día, como durante la noche.

 

No es el punk, precisamente, un movimiento que haya querido beneficiarse de las ayudas de nadie. Nos gusta el DIY; no nos gusta tener que agradar a la masa putrefacta; nos gusta el intríngulis de ser partícipes de cada instante y gozamos arreglando los desarreglos de último momento; no nos gusta, y no agachamos la cabeza ante el notas de turno; nos gusta guisárnoslo, comérnoslo y degustarlo, porque, ¡coño!, nos flipa que el medio para conseguir nuestro objetivo, también sea un fin en sí mismo, de la misma forma que todo acto anterior al orgasmo, por suerte, no está libre de sabroso y pecaminoso placer. Pero una cosa es procurar disfrutar siendo lo más autodependientes posible y, otra muy distinta, tener que poner el culo cada vez que te propones montar algún sarao’ para aquellos que buscan lo mismo que tú.

No somos amigos de ideologías: ni nuevas, ni caducas. Cada uno tiene capacidad para hacer y pensar, para criticar y para respetar. No sermoneamos, ni tenemos la verdad en nuestras manos. Pero para muchos de los que defienden a ultranza la libertad de expresión, los derechos sociales y la lucha contra aquellos que llevan décadas dándonos por culo, la música se ha convertido, exclusivamente, en un instrumento. La música es solo el vehículo que promulga una ideología por encima (muy por encima) de los propios actos. Que te pidan el carnet de afiliado en un partido político es del todo esperable, pero que te obliguen a disfrazar con política un concierto que, en sí mismo, ya es política por su propio modus operandi, es lamentable; máxime, cuando toda recaudación realizada en un espacio okupado va a parar directamente a las manos del Estado (para pagar multas, vaya). Y que conste que no me parece mal. No busco dinero. No buscamos dinero. Pero que te censuren por no ser políticamente correcto, de la misma forma que ocurre con los que nos vigilan… es despreciable.

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Madrid, “la capi”. El epicentro de la movida. La ciudad podrida. Aquí sabemos muy bien que, por H o por B, actualmente es difícil no encontrar trabas a cualquier proyecto musical. La falta de espacios asequibles; el imperativo de una gran mayoría de salas de cobrarte por tocar (WTF?); prohibir tu estilo de música o limitar la cantidad de grupos por concierto (¡que no el tiempo!), junto con el dogmatismo que muchos espacios okupados pretenden imponer, generan el caldo de cultivo perfecto para que aquellos que solo queremos disfrutar ensayando y tocando, estemos hasta el ojete de chocarnos contra un muro, día sí, día también. Está visto que la música ya no es un fin más que para quienes la escupimos, por lo demás, nos la han robado sin descaro.

Ahora bien, llevan, lleváis, llevamos… años tocando sin necesidad de quejarnos. Porque si le echas ganas, al final sale; porque si te rascas los céntimos del bolsillo y pagas, al final tienes un sitio. Pero no queremos eso. No queremos partirnos el culo para que los que nos lo parten se queden con un buen pedazo del pastel, bien en forma de clientela, bien en forma de recaudaciones solidarias que, finalmente, alimentan al Estado que nos destripa. Tenemos la mosca detrás de la oreja, o quizás, nosotros seamos la mosca detrás de tu oreja.

En definitiva, todo esto es un recordatorio, una reminiscencia del panorama que está destrozando el punk-rock en Madrid, que nos está dejando secos y sin un dique al que echar mano, porque los que vienen detrás ya no se acercan a la orilla. Una reminiscencia, porque parece que aquí en nuestra querida ciudad, todo el mundo sabe lo que se cuece, pero se olvidan de recordarlo. Nadie abre la boca para decirlo en alto. Parece como si nadie quisiera hablar por miedo a la represalia, cuando NOSOTROS somos la represalia. No tenemos la verdad, pero tenemos el poder.

MADRID, “LA CAPI”: ES NUESTRA. Y VOLVEMOS A POR ELLA.

EB

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