Libro: Flores en la Basura

Algunos libros son una foto fija que refleja la memoria emocional de quien los escribe; sobre todo si el mismo, como es el caso, lo hace con narices y sinceridad. Flores en la Basura es un buen ejemplo de lo anterior y su autor, Roberto Moso (periodista, cantante, plumilla y supongo algunas cosas más), un testigo privilegiado de una época irrepetible.

Si buscamos pioneros en el ¿Punk Rock? vasco, Zarama (Basura) ocupan el primer puesto por motivos propios, pese a no ser ni de lejos los más populares. Fueron los primeros en cantar en su lengua y al mismo tiempo rocanrolear, lo que a mi juicio les colocaba en un extraño cruce de caminos: demasiado anglo para los abertzales del momento y, a su vez, demasiado concienciados para el incipiente rockerío de la época. Aunque es de justicia decir que posteriormente encajaron a las mil maravillas en el movimiento que se coció por aquellos lares.

Sin haber sido nunca un fan de la banda, incluso si alguien les tuviera tirria (¿no se si habrá alguno?), hay que reconocer que a su manera rompieron barreras.

A modo de falso comienzo el libro nos sitúa en un bolo de la banda en Eibar, en 1984 (aunque todo había comenzado mucho antes), dejándonos con la intriga sobre qué pasó en el mismo, para retomar el tema casi al final del libro y despejarnos la incógnita: se tuvieron que abrir paso a codazos y montar el pollo
de lo lindo para destacar entre el resto de los grupos, entre los que se encontraba alguno de los mas conocidos de la época. Y entre medias la historia propiamente dicha.

Si todo se retrotrae al comienzo de los tiempos (metafóricamente hablando), el joven Roberto se cría en la orilla más desfavorecida del Nervión, mientras sus gustos de crío se reparten entre algún popular deportista local y sus ídolos musicales… Y la inquietud va creciendo. Son alguna escapada para ver un concierto unida al desembarco Punk lo que le llevan a formar los propios Zarama junto a sus colegas (entre los que se encontraba Josu Expósito).

Luego todo sucede frenéticamente. Primero utilizan la clásica estrategia para un grupo que comienza: mucho morro, pintadas y la acción en la sombra del propio Roberto que ejerció de Mc Laren de pacotilla, según sus propias palabras: escribiendo algunos artículos con seudónimo ensalzando a una «increíble banda local que acababa de surgir», cuyo nombre todos nos imaginamos; tras varias actuaciones sin pena ni gloria deciden enrolarse en un concurso para canción ligera de jurado bastante demodé (eran todavía los años 70’s!) con resultados despiporrantes.

De entre las múltiples anécdotas que el pavo nos cuenta destacaría como en el ’80, después de varios intentos infructuosos de todo tipo, se presentan a un certamen más serio, con bastante rivalidad entre bandas, y consiguen un flamante segundo puesto que les proporciona la posibilidad de editar un tema para un recopilatorio. El escogido fue el tremendo «Bildur Naiz».

 

 

Todo va a mucha velocidad en aquella época y el autor nos recuerda alguna accidentada actuación donde les tocaba salir los últimos del festival a las tantas de la mañana hechos una piltrafa, abandonados vilmente por el técnico de sonido y aguantando las vaciladas del respetable ya bastante pasado a esas horas.

En el ’81 (encuentro muy acertado que Moso en varios momentos del libro haga una pequeña introducción socio-cultural de lo que acontecía en su tierra y en el resto del globo) les llega la posibilidad de sacar su primer single Nahiko de la mano de la controvertida Discos Suicidas, que también iniciaba su andadura con ellos, y cuya grabación al parecer fue bastante accidentada pues el mundo del estudio se les quedaba todavía grande.

De entre todos los grupos que se movían por aquella época (M.C.D, Cicatriz, R.i.P… por citar algunos de los más conocidos, ya que todos es imposible, y cada uno de su padre y de su madre), con quien siempre Roberto Moso estará más vinculado es con Eskorbuto (pese a que sus bandas eran de actitud y forma de vida distintas) por muchas razones: Josu ademas de formar parte de los primeros Zarama era amigo suyo del pueblo de siempre y les unió la pasión por la música. El propio Roberto le presentó a Juanma en uno de los garitos a los que más iban, el Jandro’s, y además les puso su nombre por venir de un pueblo marinero y las pintas de enfermos que gastaban. Dedica todo un capitulazo a narrar las desventuras del legendario trío que es mi favorito del libro.

Hay otros capítulos como Soldado Desconocido que cualquiera puede imaginar de que trata (los del ’81 para abajo nos libramos!), The Film que explica como al salir de ese «secuestro forzoso» recibe con incredulidad la llamada del cineasta Imanol Uribe que buscaba contar con ellos para unas tomas musicales que saldrían en un cortometraje de su cosecha y que, pese a las buenas expectativas, terminó siendo un fiasco para ellos como nuestro protagonista cuenta; por ahí también se cuela su participación en Egin Rock para llegar finalmente al ’84 con Indarrez y la grabación de su primer disco del mismo nombre con una chula portada de collage desquiciado (supongo en tono de crítica), que quizá hubiera pasado por ser la de una agrupación venida de otro tipo de escena como alguna vez oi decir.

La complicada situación social bien merece un capítulo, y de que manera, ya que el susodicho muestra su visión del jaleo con la perspectiva que da el paso del tiempo, pero a mi entender todo se podría resumir así: terrorismo, guerra sucia, represión policial, incontrolados, plan ZEN, etc… Aunque solo hay que oír algunas anécdotas para darse cuenta de lo mezclado y complejo que era todo en el fondo.

 

 

Otro momento curioso del libro es cuando relata su rivalidad con Hertzainak (quienes no me chanaron nunca pero eran muy reconocidos) y no deja de ser lógico pues ambos se dirigían a un público similar pero llevándose la gloria los otros. Aunque al principio, según cuenta, había buen rollo entre ellos y compartieron escenario muchas veces.

Hay también algún cambio de formación: entra un componente de unos tales Neurosis; y algunas rencillas con un antiguo amigo que decide dejar la banda, a veces por historias ajenas a la misma como son el paso de la vida y sus turbulencias. Por el camino cinco discos de estudio más (todos de difícil pronunciación), algunos emblemáticos como Dena Ongi Dabil del ’87 y después su deriva, algunas veces hacia un estilo más reposado que no es de extrañar, puesto que yo creo la mayoría de sus influencias eran previas al Punk y ellos tiraban de muchos palos musicales; alguna colaboración esporádica mientras su cantante hacia carrera en la radio para terminar con Binilo Bala en 1994, donde destaca la emotiva ‘Urtain’ dedicada al mítico Morrosko de Cestona que un día revolvió la pelambrera de niño de este que escribe.

Posteriormente a la edición de este libro (que ya tiene muchos años) volvieron a juntarse relanzando algunas cosas más y, si no me equivoco, siguen más o menos en activo.

S. Boy

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